Páginas

21 de julio de 2010

Cómo aprender a decir NO

Me ocurre de vez en cuando. Me cuesta decir NO, lo reconozco, me siento comprometida y acabo cediendo. Y lo peor es que sólo soy consciente de ello cuando la situación me daña por haber traicionado mis pensamientos.
Esto es algo que debo de aprender y de trabajar, porque si en ciertas situaciones hubiera puesto límites desde un principio, las cosas hubieran sido distintas.

Pero bueno, viendo el lado positivo de "no saber decir NO", puedo decir que el camino ha sido duro, pero la fortaleza adquirida no me la quita nadie, y lo más importante, he acabado conociendo uno de mis puntos débiles, lo cual me facilita el poder mejorar, e incluso, eliminar dicha debilidad.

Y con el objetivo de que el camino sea menos costoso para la próxima vez que se presente dicha situación de elección entre afirmación o negación, me recomendaron el artículo que os reproduzco a continuación.

APRENDER A DECIR "NO"

Todo empieza en la infancia. 


Oponerse es la mejor manera que el niño tiene para afirmarse. Es una forma de marcar la diferencia entre ellos y el exterior, una defensa ante la sensación de invasión que perciben de su entorno.
Con el paso de los años la estrategia no remitie, y en la adolescencia recobra su fuerza y se erige casi en patrón de conducta.
Pero en la medida que el joven va asumiendo mayor responsabilidad y autonomía, le resulta más difícil decir no.
Planteamientos como los de evitar problemas innecesarios y propiciar un buen ambiente con su entorno, caer bien a los demás, soslayar las discusiones, comienzan a adquirir relevancia.
El problema surge cuando esta tendencia se consolida en exceso y, por timidez, comodidad o pragmatismo se convierte en hábito.

Ser incapaces de decir "no" equivale a hacernos daño.

Hay que diferenciar entre no contrariar a nuestros interlocutores, porque coincidimos con sus propuestas, opiniones o planteamientos, y entre hacerlo por sistema y en cualquier circunstancia. 
Si no manifestamos nuestro desacuerdo cuando discrepamos en cuestiones importantes, o si hacemos lo que consideramos inapropiado o lo que resulta perjudicial para nuestros intereses, anteponemos las necesidades y deseos de los demás a los nuestros.
Esto puede causarnos problemas de autoestima, y puede trasmitir de nosotros una imagen de personas con poco criterio.
Tras esta conducta complaciente puede hallarse la creencia de que llevar la contraria o no aceptar tareas que consideramos incorrectas o que no nos corresponden conduce a que se nos vea (o nos veamos) como egoístas.

Muchos piensan que eso es casi lo peor que les pueden llamar. Se tiene asumido que la generosidad, la compasión, la empatía y la incondicionalidad son atributos positivos, y del todo contrapuestos al egoísmo natural de las personas.

¿Por qué el miedo a decir no?

Algunas personas sufren cada vez que se han de negar a algo, bien sea por miedo a defraudar las expectativas de otros, bien por temor a no dar la talla o a no saber argumentar su negativa, o por simple pereza y comodidad. 
Se trata, en definitiva, del miedo a no ser valorados y queridos. Nuestra necesidad de ser valorados, atendidos y tenidos en cuenta, puede llevarnos a mostrar una constante disponibilidad a todo, lo que nos sume en una dependencia de los demás, y de esa imagen desde la que actuamos, dejando de ejercer nuestro derecho a decir "no". 
Esa dependencia dificulta nuestra evolución personal, dinamita nuestra autoestima e imposibilita el libre ejercicio de la responsabilidad que propicia unas equilibradas relaciones de interdependencia con los demás, en las que decimos "sí" cuando lo consideramos adecuado y en las que mantenemos vigente la posibilidad a decir "no".


La fuerza del sí

Un "no" a secas resulta demasiado brusco; después del "no" conviene decir "sí", proporcionando alternativas, exponiendo y defendiendo nuestros argumentos con convicción y firmeza pero sin herir ni menospreciar a nadie. Y esto sólo es posible si previamente sabemos decir "no" sin sentirnos culpables por ello.
Cuando queremos decir "no" y, sin embargo, decimos "sí", estamos devaluando nuestro "sí", ya que lo hemos despojado de su verdadero valor. Y devaluar nuestra afirmación equivale a devaluarnos ante los demás y ante nosotros mismos.
Hemos de buscar un equilibrio que nos permita ser tolerantes y comprensivos, pero siempre habilitando un espacio para expresar nuestros matices o discrepancias. 
Si cedemos siempre, nos estamos haciendo daño. Si no somos capaces de decir "no", pensaremos que a los demás les puede ocurrir lo mismo. Y cada vez que obtengamos una afirmación a algo que pedimos o comentamos, dudaremos de si realmente es una respuesta sincera, y si importamos a nuestro interlocutor.


Ser nosotros mismos

Conectar con nuestras necesidades, atender a lo que queremos y necesitamos, priorizar el cómo estamos en cada momento y situación, nos obliga a saber decir "no". 
En ocasiones, decir "no" es necesario para conocernos, para significarnos y mostrarnos al mundo tal como somos.
Desde la sinceridad empática (acercándonos a la situación del interlocutor), entablaremos unas relaciones de autenticidad, en las que impere un diálogo más veraz, fluido y constructivo. Y podremos decir que sabemos con quién hablamos y cómo se encuentra la persona con la que lo hacemos.
Hay demasiadas relaciones vacías, formales, vestidas de cordialidad y buenos modales. Una cosa es la sociabilidad y otra muy distinta, la hipocresía del "quedar bien" a toda costa.



Pautas a seguir:

  • No nos sintamos culpables por decir "no".
  • Dar prioridad, de manera adecuada, a nuestras necesidades, opiniones y deseos no es una manifestación de egoísmo, sino de responsabilidad, autoestima y madurez.
  • Decir "no" cuando lo consideramos justo o necesario es la mejor forma de comprobar en qué medida se nos valora y se nos quiere por cómo somos en realidad.
  • Permitámonos verificar que nuestras negativas no sólo no rompen vínculos con los demás, sino que plasman un compromiso de sinceridad, respeto (por los demás y por nosotros mismos),  responsabilidad y autenticidad.
  • La confianza se fortalece cuando el diálogo y la interacción no se sustentan en falsos asentimientos y condescendencias.
  • Si ejercemos nuestro derecho a decir "no", podremos pensar que los demás hacen lo propio, y asentaremos una comunicación más fiable, veraz y fluida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario